
Hacía mucha calor y la árida tierra jugaba a los remolinos.
En el descampado, a unos metros, dos personas esperaban el juicio final. Atados y vendados por sus verdugos sólo imploraban al cielo que todo acabará ya. Tenían sed, mucha sed....y el llanto de la mujer era lo único húmedo que llegaba a sus labios. Su marido, jadeaba y en algunos instantes gritaba contra los asesinos.
El ejecutor con cara de novato, vestía uniforme militar que le daba un toque terrorífico.
Sudaban sus manos y sus ojos desorbitados miraban hacia sus víctimas y a su jefe una y otra vez.. La duda embargó por un momento el proceso de entrenamiento que había tenido durante un tiempo, aunque de repente y, con una sola indicación, volvió a ser esa máquina sin sentimientos hecha para matar.
Agarró el fusil y en posición vertical casi era más alto que él.
El soldado acababa de cumplir doce años y ahora su rostro desprendía frialdad y odio.
Recargó el arma , se la acomodó y apuntó esperando la orden de disparo.
Enfrente , el matrimonio susurraba palabras de amor y promesas contra el olvido.
Fidelidades más allá de la muerte y oraciones que iban a ese tal Dios.
La orden fue dada y el niño convertido en monstruo disparó una ráfaga de plomo que terminaron con sus vidas. Rápido , sin concesiones al arrepentimiento.
Al instante, el soldado recibió la recompensa ; unos cuantos dolares, un paquete de tabaco y un trago de whisky.
Antes de marchar de la escena del crimen, otros soldados apartarón los cuerpos a un lado , donde pronto llegarían los buitres y las hienas.
En ese momento el niño fijo su mirada en los cadáveres y recordó que en el pasado esas personas fueron sus padres y que ahora en el presente sólo eran enemigos que fueron pillados por robar dos diamantes que yacían entre el barro.
Escupió, se encendió un cigarro y se perdió con su regimiento por los caminos de esos pueblos de Sierra Leona que sufren tantas injusticias, asesinatos y abusos políticos.
El ejecutor con cara de novato, vestía uniforme militar que le daba un toque terrorífico.
Sudaban sus manos y sus ojos desorbitados miraban hacia sus víctimas y a su jefe una y otra vez.. La duda embargó por un momento el proceso de entrenamiento que había tenido durante un tiempo, aunque de repente y, con una sola indicación, volvió a ser esa máquina sin sentimientos hecha para matar.
Agarró el fusil y en posición vertical casi era más alto que él.
El soldado acababa de cumplir doce años y ahora su rostro desprendía frialdad y odio.
Recargó el arma , se la acomodó y apuntó esperando la orden de disparo.
Enfrente , el matrimonio susurraba palabras de amor y promesas contra el olvido.
Fidelidades más allá de la muerte y oraciones que iban a ese tal Dios.
La orden fue dada y el niño convertido en monstruo disparó una ráfaga de plomo que terminaron con sus vidas. Rápido , sin concesiones al arrepentimiento.
Al instante, el soldado recibió la recompensa ; unos cuantos dolares, un paquete de tabaco y un trago de whisky.
Antes de marchar de la escena del crimen, otros soldados apartarón los cuerpos a un lado , donde pronto llegarían los buitres y las hienas.
En ese momento el niño fijo su mirada en los cadáveres y recordó que en el pasado esas personas fueron sus padres y que ahora en el presente sólo eran enemigos que fueron pillados por robar dos diamantes que yacían entre el barro.
Escupió, se encendió un cigarro y se perdió con su regimiento por los caminos de esos pueblos de Sierra Leona que sufren tantas injusticias, asesinatos y abusos políticos.









